El que busca siempre encuentra

lunes, 2 de agosto de 2010

Mi amada

Aquello... ¿era un sueño...?, acaso... ¿no soñé mi existencia? , ¿no creí ver tus ojos, fijos en el puñal...?
Estaba en una gran mansión de un raro estilo que no lograba reconocer, la habitación era inmensa, con una asfixiante decoración. Las paredes parecían gritar vestidas por aquellos tapices granates. Los techos encorsetados por excesivas molduras intentaban dar un toque de clase, deformes arañas amenazaban nuestras cabezas... ¿nuestras? sí, allí había alguien... ¿tú?... quizás, no sé. No todo lo perteneciente a los sueños se traslada a la memoria, ¿acaso a la tuya sí?. Aquellos cálidos suelos de madera estaban llenos de pies. Sí, había mucha gente, no sabría decir un número, ya sabéis como son los sueños. Largas capas, extrañas levitas de otra época. (¿Acaso sabría decir cual era mi época?) Todas aquellas personas vestían hermosísimas máscaras. Vi una preciosa dama, de magníficas proporciones, con un antifaz adornado por plumas de alguna rara ave y pedrería arrancada de la más sangrante entraña de la tierra. Se acercó a ella un joven apuesto, fuerte, alto, llevaba un rostro muy teatral, me refiero a su máscara, ¡claro!, porque no sé si lo he soñado, pero creo haberte dicho que, en mi sueño todos llevaban máscaras. Aquel hombre estaba triste, su rostro era recorrido por una lágrima de oro, y su boca se deformaba en una mueca imposible.
Pronto me fijé en aquellas jovencitas. Acaso se reían de mi aquellas sonrisas tan llenas de desesperanza, creen que las lentejuelas ocultan su deprimente estupidez. Allí no había ancianos ni niños, me refiero a las máscaras, claro. En ellas había un nutrido surtido de edades, rasgos, razas... pero... ¿qué habría detrás?
Por ahora eso no me importaba, era mi sueño y no quería perderme su fin. La mejor parte de mi historia llega ahora. Cuando hube abandonado aquella habitación por una de sus innumerables puertas, penetré en aquel enigmático pasillo. Su techo y sus paredes, si se les podía llamar así, estaban formadas por una enorme y amorfa masa de hielo, en el suelo descubrí una preciosa piedra, azulada, del color que sólo conocieron los cielos el día de su creación, con una pura e intensa luz que parecía proceder de los abismos. Pero aquel pasillo contenía lo más precioso de mi sueño, una figura femenina apareció a lo lejos, venía hacia mí. Vi sus armoniosas formas, su esbelto cuerpo, sus largos y rubios mechones en cuyos rizos jugueteaba una fantasmagórica corriente, su majestuoso pecho, su efímera cintura, sus largas piernas... Poco a poco fui reconociéndote, sí, sólo tu belleza puede verse trasladada a un sueño sin transformarse en eso, un sueño.
Pero no acaba aquí la historia, cuando ya estaba frente a mí observé que aquella mujer (tú), llevaba la más extraña de las máscaras (si es que lo era) Un espejo ocupaba el lugar que debiesen ocupar tus ojos, tu boca... y en él observé el motivo de mi vuelta a este mundo de sueños inacabados, promesas incumplidas, absurdas vidas y dolorosas muertes... en aquel reflejo de mi alma vi mi rostro, ¿rostro?, allí vi toda la maldad, la locura, la más terrible expresión de odio y rencor que jamás haya visto un ser humano cuerdo. GRITÉ
Sí, grité. Y me desperté como ya sabrás, y allí estabas tú, sin máscara, lejos de aquel pasillo frío, distante y revelador. Allí, en la cama, allí estaba yo junto a tu cadáver, y la cama, como mis manos, como mis sueños, estaban manchadas con tu sangre... Perdóname si puedes, joven máscara de hielo.
Dibujo de Sonia Zarraquiños Novelle