el que busca siempre encuentra

miércoles, 4 de julio de 2012

La sensación

Aquel día, de nuevo, volvía a tener aquella extraña sensación. De cuando en cuando me volvía, como aquella punzada en la nuca o aquel temblor en el párpado.
Corría apurado a las oficinas de uno de los prestamistas de la ciudad, como había hecho tantas y tantas veces. Mirando con atención antes de cruzar, sin esperar ni recordar lo que iba a suceder, lo que iba a venir, aquella sensación.
Iba canturreando, sujetando aquellos papeles y disfrutando en cierto modo de aquellos descansos que motivaban los recados varios a los que me mandaban en el trabajo. A pesar de la lluvia, del frío, y de aquella espesa niebla que siempre nos acompañaba… y claro, a pesar también de la posibilidad de que aquella sensación volviera.

Y de nuevo apareció. Tal vez siempre había estado ahí, agazapada entre la niebla. Por el rabillo del ojo distinguí a aquel oscuro caballero, nunca sabría describirlo, nunca lo había visto el tiempo suficiente para recordar nada de él. Quizá no hubiera nada que recordar. Como tantas y tantas veces no le di importancia, seguí hacia mi destino. Entré en el número 23 de la Plaza…  a la salida no pude verlo. Realmente no lo busqué, no sentí jamás esa necesidad. Volví sobre mis pasos, de nuevo disfrutando de estar al aire libre. Me gustaba estar por aquellas calles a pesar del tiempo y de la maldita niebla, y del frío, y de esa humedad, dios, maldita humedad… a lo mejor él me seguía.
De nuevo pasé por los mismos cruces, me detuve, continué, giré, miré las calles antes de cruzarlas, y de nuevo, en uno de esos giros volvió la sensación. Lo vi, podría estar tan seguro o tan inseguro como cualquiera de las otras veces que creí verlo. Continué, volví al aburrido trabajo, me senté en mi puesto y continué con mis labores, las de siempre, las que tan bien conocía.

No salí en varias semanas, no volví a verla en varios meses. La siguiente ocasión en que acudimos a nuestra cita lo noté extraño, menos oscuro que de costumbre. Estaba en una de aquellas calles, distinguí sus rasgos, observé sus gestos y las proporciones de sus miembros. ¡Lo podría reconocer a partir de aquel día! Al ver mis ojos fijados en él, imagino que empujado por mi expresión, entendió que había dejado de ser un oscuro caballero. Su cara se retorció en una extraña mueca y corrió, corrió alejándose de mi, quizá simplemente tuviese la sensación de haberme visto. Noté a alguien corriendo detrás de mi antiguo perseguidor, quizá escapase de él y no de mi. A este hombre no pude verle la cara, no pude distinguir rasgo alguno, sólo era una oscura sombra. Mi antiguo perseguidor corrió, corrió y corrió. No miró antes de cruzar aquella calle y se lanzó a los pies de aquella carreta, los caballos ignoraron a mi viejo compañero y allí, el pobre, encontró su fin. Justo en ese momento creí recordar algo, a menudo lo hacía. El caballero oscuro se rió a carcajadas, me recorrió un profundo escalofrío y creí entenderlo todo.

Recordé que tenía que ir a uno de mis recados. Cruzando la niebla, girando por una fría calle y mirando con cuidado por todas las calles que saliesen a mi paso, me interné (una vez más) en la niebla.